Por Lilia E. Calderón Almerco
En la clase de la semana siguiente, vi que Elvira llevaba el mismo gorro de lana. Terminó la clase y todos salieron al recreo, menos ella. Me acerqué y le pregunté cómo estaba, qué sabía de su amiga Olga, si no sentía calor con el gorro puesto. Entonces, ella se quitó el gorro y me mostró su cabello encanecido. Le pregunté si se lo había pintado y por qué, pues hacía casi tres meses yo la había visto con su cabello largo y negro, pero ella respondió que eran canas, que estaba enferma, pero que pronto su mamá la llevaría al hospital y ahí la curarían, y sonrió.
Las semanas siguientes, Elvira ya no podía ocultar más su cabello canoso y su compañeros de clase la llamaban "abuelita". Ella solo sonreía levemente y se acomodaba el gorro, pero se aislaba más. Me pregunté por qué alguien tenía que sufrir enfermedades raras a los doce años de edad, por qué la pobreza siempre se manifestaba en formas nuevas de sufrimiento. Contra todo, yo sabía que Elvira tenía esperanza de sanar, que no se sentía derrotada.
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