LA NIÑA DEL CABELLO BLANCO. De mi colección "Érase una vez en la escuela"

 Por Lilia E. Calderón Almerco

Era el primer día de clases en aquella escuela de Secundaria de la periferia de Lima. Estábamos en la primera semana de marzo y el verano marcaba su máximo grado de calor, sin embargo, observé que en el aula había una niña que llevaba un gorro de lana que le cubría toda la cebeza, de modo que no mostraba ni una hebra de su cabello. Esa niña se llamaba Elvira, era tímida y solitaria. El año anterior, su una única amiga había sido Olga que, este año, ya no asistía a la escuela. 

En la clase de la semana siguiente, vi que Elvira llevaba el mismo gorro de lana. Terminó la clase y todos salieron al recreo, menos ella. Me acerqué y le pregunté cómo estaba, qué sabía de su amiga Olga, si no sentía calor con  el gorro puesto. Entonces, ella se quitó el gorro y me mostró su cabello encanecido. Le pregunté si se lo había pintado y por qué, pues hacía casi tres meses yo la había visto con su cabello largo y negro, pero ella respondió que eran canas, que estaba enferma, pero que pronto su mamá la llevaría al hospital y ahí la curarían, y sonrió.

Las semanas siguientes, Elvira ya no podía ocultar más su cabello canoso y su compañeros de clase la llamaban "abuelita". Ella solo sonreía levemente y se acomodaba el gorro, pero se aislaba más. Me pregunté por qué alguien tenía que sufrir enfermedades raras a los doce años de edad, por qué la pobreza siempre se manifestaba en formas nuevas de sufrimiento. Contra todo, yo sabía que Elvira tenía esperanza de sanar, que no se sentía derrotada.

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