AULA SUPERPOBLADA. De mi colección "Érase una vez en la escuela"

 Por Lilia E. Calderón Almerco

Érase una escuela secundaria para niñas, ubicada en el centro histórico de Lima, de   infraestructura precaria, muy antigua, espaciosa y de estilo colonial que presentaba zonas deterioradas e inhabitables, pero que gozaba de cierto prestigio. Por ello, los padres pugnaban por conseguir una vacante para sus hijas desde medio año antes del inicio de clases. La mayoría de las alumnas eran hijas de comerciantes, obreros, médicos y enfermeras, ya que la escuela estaba próxima a un hospital y un mercado, ambos de gran importancia para esta zona popular de la ciudad.

Era tal la demanda que las aulas estaban superpobladas. Particularmente, el quinto grado de Secundaria era tan numeroso que las estudiantes se distribuían en siete aulas llamadas A, B, C, D, E, F y G. Estas aulas albergaban a más de 50 estudiantes, aunque solo poseían capacidad para 36, de modo que las alumnas, sentadas en carpetas bipersonales, llegaban a ocupar desde el espacio que rodeaba el escritorio de la docente hasta el umbral de la puerta de ingreso. Sin embargo, tal incomodidad contrastaba con el interés y el ingenio de las estudiantes. Unas llegaban muy temprano para sentarse adelante o preferían estar de pie, pero adelante, cuando les tocaba sentarse atrás. Otras improvisaban mesas con las carpetas para poder trazar, a gran escala, una línea de tiempo, un cuadro comparativo, un mapa mental o un mapa geográfico o consultar un libro. O aquellas que sacaban sus carpetas fuera del aula para realizar tareas de equipo que incluían el grabar una entrevista. Inclusive, hubo una que trajo su propia carpeta unipersonal para poder ubicarse mejor en el aula.

Durante las clases, a fin de atender a todo el grupo, un tema general era fraccionado en 7 u 8 subtemas con sus respectivas consignas y materiales, los cuales eran entregados a los 7 u 8 grupos organizados. Unos 15 minutos antes de culminar la clase, cada grupo exhibía en las paredes los pliegos de papel o cartulina con los resultados de su trabajo, a modo de museo, mientras las demás se acercaban a leer y observar, dejando al margen anotaciones escritas como felicitaciones, sugerencias o preguntas. En la clase siguiente, una representante de cada grupo de trabajo exponía una sinopsis del subtema estudiado. Luego de intercambiar preguntas y respuestas, la docente complementaba respecto a las preguntas y sugerencias dejadas en la clase anterior y en la presente. Después, cada estudiante elaboraba un informe sobre todo el tema general. Para la evaluación, las estudiantes intercambiaban sus informes escritos, y luego de leerlos, escribían en él un comentario evaluativo para luego ser entregado a la docente quien culminaba el proceso de evaluación. Eran experiencias muy agotadoras, pero satisfactorias.

Posteriormente, dicha escuela fue declarada inhabitable e insegura y las niñas tuvieron que mudarse. Actualmente, está en reparación para convertirse en otra institución estatal.

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